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Blog personal de Raúl Royo

Nota de lectura

Este artículo complementa y actualiza la primera parte de Comunes: guía para no perderse en la selva : ¿Qué es eso y como funcionan los “comunes”?

Funciona, respecto a él como su explicación práctica, del mismo modo que aquel funciona respecto a este, como su explicación teórica. De tal modo uno ha de leerse como complemento del otro, sin que por otra parte, haya una prioridad en la lectura en uno u otro sentido.

Puedes elegir empezar por un análisis de caso seguido de su explicitación teórica o por el contrario, leer una delimitación teórica de algunos elementos de los comunales para pasar a ver su explanación en un caso práctico. Elige tu propia aventura.

 

Al lió

 

Aunque hay muchos ejemplos o experiencias posibles hay en cocreto una que todos y todas compartimos y nos permite entender y explicar cómo funciona un comunal. Es la experiencia de guardar fila, como nos recuerda David Bollier.

Imagínate o, mejor, recuerda. Te acercas a la parada del autobús o a la caja de un supermercado.

Aquí hay un bien. Se trata del tiempo. Más bien que del tiempo per se del uso y disfrute del tiempo. El tiempo es en cierta medida una experiencia profundamente subjetiva así como su aprovechamiento. Pero en cualquier caso este aprovechamiento está profundamente  condicionado por la dimensión colectiva de nuestra existencia. En el modo como nos relacionamos podemos limitar el uso y disfrute del tiempo ajeno.

Aquí nos podríamos perder en una larga discusión metafísica acerca del tiempo y su naturaleza. Por ejemplo si hay un tiempo ajeno y por tanto la relación con el tiempo propio es de propiedad. Pero esa es otra historia.

Quedémonos simplemente con algo en que la mayoría podemos estar de acuerdo: disponemos de un tiempo (y nunca se es tan consciente del tiempo mismo como en una fila) y en general, todas querríamos aprovecharlo bien o al menos, no sentir que otros nos impiden aprovecharlo.

Las filas -al menos cuando funcionan bien y todas somos conscientes de cuando funcionan bien y cuando no- son un dispositivo producido para maximizar el disfrute y aprovechamiento de un bien. El tiempo. Y si, funcionan -cuando funcionan bien- como un comunal.

Tenemos un bien, que todos deseamos proteger y maximizar. Una comunidad: todos y todas las congregadas en un determinado espacio en el que ese bien se pone en juego como un bien limitado precisamente por esa misma concurrencia.

Existen, de modo consuetudinario, una serie de reglas que determinan el modo de hacerlo. La práctica y la costumbre ha determinado que el mejor modo de maximizarlo es disponer la fila de tal modo que nos vayamos agregando en el orden en el que uno llega.

El caso de la parada de autobús es más interesante que el supermercado. Porqué quizás debamos esperar un tiempo o decidamos o tengamos la oportunidad de sentarnos. Y sin embargo la costumbre -de la  que quizás no seamos plenamente conscientes de su utilidad hasta el punto de identificarla con el sentido común o la buena educación- dicta que llevemos una especie de lista mental de cómo hemos ido llegando que luego identificaremos con el buen orden de la fila.

Sin embargo en el supermercado se produce una situación cotidiana que permite identificar el sentido de lo que estamos diciendo. Es el caso de que se abra una caja nueva. Siempre hay una pequeña confusión de a quien le corresponde acudir. Quizás cuando eres justo el siguiente al que le toca parece que, aunque eres el siguiente, no sea tu caso. Bueno, quizás no lo pienses. Pero seguro que otras personas lo harán.

Un montón de gente disfrutando de la experiencia de poder conocer el funcionamiento de un comunal de primerisima mano.

También se produce esta situación en la que alguien, de la parte de atrás de la fila se adelanta y ocupa el primer lugar de la caja. Quizás nadie diga nada pero la mayoría sentiremos una cierta sensación de que algo injusto o incorrecto ha sucedido.

Las reglas también son flexibles. De algún modo identifica entre la comunidad congregada diversas circunstancias que identifican modos diversos y preferencias. Es decir que, en relación al bien, distintas circunstancias determinan quizás modos diferenciados de acceso o disfrute.

Si yo tengo una compra muy voluminosa, que implica mucho tiempo en caja, y la persona de detrás sólo una barra de pan, es bastante posible que le deje pasar. Puede también pedirmelo y sería de mala educación negarme.

También es posible que cedamos nuestra posición a una persona anciana o a un niño pequeño con poca compra. En el autobús probablemente cedamos el sitio en la fila a alguien con un carro de niños.

Hemos dicho que alguien puede adelantar fila cuando se abre una caja nueva y quizás no pase nada. Quizás se produzcan algunos murmullos o desaprobaciones. Sin duda sucederá si alguien trata de colarse de manera muy obvia, desagradable o violenta.

Aquí la desaprobación colectiva tomará una forma más explicita o grave, llegando incluso a alguna forma de coerción. Es decir, hay un gradiente de sanciones que valora la gravedad o la afectación del uso oportunista.

Puede resultar extraño tratar al tiempo como un comunal. Este sería el primer error. El tiempo no es el comunal, el comunal es la fila como dispositivo constituido en torno al tiempo como bien en vista a garantizar la mayor reproductibilidad de su aprovechamiento en determinadas circunstancias.

Es un error, pero es un error que nos enseña -en el sentido de que nos pone ante la vista- una de las características principales con las que habíamos delimitado los comunales.

No se trata tanto de un bien o una cosa como cierta cosa (dispositivo) con que tratamos tratamos (gestionamos) determinados bienes o cosas en ciertas circunstancias.